viernes, 2 de junio de 2017

Coge la vida en las manos
de nuestra naturaleza
como la luz del sol
en nuestros ojos.
Que siga siendo para todos
la vida

ese intenso resplandor.


Artistas de necesidad
agitan la voz del presente
con un mensaje a la suerte
que a la vez los ata a la tierra
en comunión con este mundo,
en su soledad iracunda
manejando realidades
con una imagen aprendida,
memorizada por los seres

que nos hermanan a la vida.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Te rescaté, Umbral, de un montón de libros por barato, ya en el siglo veintiuno como por casualidad extrema, para saber de tu prosa ya en ruinas, porque me miraste aireadamente con tu odio de falsete desde aquella portada Espasa Calpe oscura, para que me enterara de tus rosas y oyera el látigo pretendido que agitaste sobre tu imagen prisionera. Querías que lo empezara a leer en tan solo una página, como un reducto encontrado en un mar castellano desecado de estantería, más parecido al interior de una de tus botellas con mensaje. Lo hice a dos euros, o sea que lo compré escarbando entre inútiles recetarios de cocina, entre biografías de políticos herniados y relatos extraños de viajes a lugares turísticos de otros mundos. Me lo llevé en una bolsa, junto a una corbata absurda y una zapatilla de deporte pasadas de moda, mientras me hablabas desde dentro, desde el pozo de tu obra rigurosa.  Y recuerdo que la cajera miró tu cara como quizás te había mirado más de una de tus férreas ninfas, comprobándote con un prejuicio pausado, definido en su forma de comprobar el precio. Allí te llevé memorial, hasta mis confines, para comprender mucho más tarde, por ejemplo, que el miedo de las mujeres es una creación del hombre, y tener tu obra apretada entre El espejo del mar y Los relámpagos de agosto, durante un tiempo más que indefinido, convertida en una luz débil, en un cielo de libros eternos. Allí guardaste silencio, estabas muerto como Ibargüengoitia y Conrad, entre mares forasteros. Solo te buscaba cuando tenía ganas de leer cosas distintas por la ley de tu casualidad profunda, pero solo te leía cuando volvía a tropezar con las gafas de tu cara, que llevaban tu mirada a trasponer el inicio de alguno de tus capítulos amargos, con sabor a coño holandés, en un momento ciego de tu amor, descrito con orfeones de fuego. Y registraba en tus bolsillos lo que relatabas antes de tus guerras de cucharadas de café, llegando a una ciudad tras otra de las que viviste en la cama. Dado eras a saber cosas que querías decir perpetuándote con la escritura perpetua que llevabas en la solapa, entonces era cuando te leía, porque te explicabas sabiamente para sostener tu creación y dejarla volar, era abrir esa edición de Miguel García-Posada, escrupulosa, para oírte preguntar a las ninfas a qué otoño dan sus senos, a qué pálido tiempo de abundancias iban tan desnudas. Así volvía a gravarse en tu aire endiosado esa necesidad de consultarte cuando aparecía un vacío de desidia lectora, aunque no tomara precauciones sobre todas tus mediaciones literarias, seguro de que lo tuyo iba a ser una prosa insólita. Iba quedando tu latencia de estilo en su rango máximo como una de tus rosas perpetuas, sobre el jarrón de todo lo leído en mi presencia. Tal vez solo como un memorial fecundo capaz de copular con la virginidad de obras paralelas, por eso una vez cambié tu obra abaratada y la puse ciego entre los veinte poemas de amor, con esa canción desesperada, y el arte de mar, el de Fromm, para ver si aprendían tus letras a domesticarse, una vez enjauladas en el zoo de la ficción realista, debajo de esa seguridad tan fallida, tan irrisoria patria de tus letras. Y tengo que decirte que sigo comprendiéndote cada vez que descorcho tus botellas de mar terroso y saco tus mensajes en capítulos, desde tus mujeres y tus hijos, hasta las obligaciones, todas, de tus recuerdos, e incluso pienso que podíamos haber sido amigos, serios y largos amigos que se hubieran peleado un día para no hablarse nunca más, para odiarse con recuerdos, para reconocerse en aventuras comunes que dejaron de tener fuste después de ponerse ambos tan satíricos. Un amigo como aquel que se dio cuenta que te gustaba leer a Quevedo, el mismo que me recomendó que no te pusiera con él, (A ti no, a tu obra), ni siquiera en la misma estantería. Sí, me lo dijo así de claro a través de su prólogo elitista y follonero, el mismo García-Posada de antes. Yo quería que me dijera más bien quién era la tía Algadefina, o esa Greta, pero luego resultó que tú lo explicabas como nadie, como lo de la gran soledad de la Quinta Avenida. Y por eso he llevado el niño al mar de tu mano, las olas lo han mojado por ti y he oído su risa tuya. ¿Qué más me has hecho hacer?... ¡Ah, sí! Buscar ese torso de mujer, viva y amante, griega no, siempre romana virgen, y encontrar esa modelo de olor y gracia, rotunda y ojival como tu pensamiento. Aunque crea que solo estás en tu libro porque verdaderamente solo estás ahí, de vez en cuando es como si salieras y entraras, como si planearas las palabras que dijiste de nuevo para formar escaleras y pasadizos a tu mundo. Me parece que hasta vi que te quitabas el pañuelo y las gafas y te ibas a dormir. Pero de lo que estoy seguro es que tu pluma aún sigue escribiendo sobre tu libro, sobre todos tus libros, para volver a decir una y otra vez todo lo que se te ocurrió contar de la vida, enfrentado a ella, divagando tan cruelmente y con tu planificada sencillez. Umbral, cada vez que te leo, eres un amigo con el que rompo y me peleo para toda la vida. Un amigo que necesito tener en un libro, lejos, en una estantería.


            Refiriéndome a Francisco Umbral,  3 de mayo del 2014

Unos cristales rotos


                   Un montón de cristales rotos, encontrados por casualidad, con solo ordenarlos un poco, me hablan de la capacidad humana de crear y destruir, del caos y el orden que puede distinguir nuestra mente. Este puñado de cristales sobre la hierba son un desecho, no tienen ya el valor que su creación les procuró; pero, ahondando, reflexionando vagamente, se puede ver lo que somos: Un cristal roto que alguien ordenó al azar. 

domingo, 24 de noviembre de 2013


                       Horizonte de pinares


                 Pinares que llegan al horizonte
                 entre el atochar interminable del monte.
                 Por allí anda mi vista perdida,
                 paloma torcaz pobre y herida.
                 Vuelo y camino a la par,
                 como si anduviera por el mar,
                 y no por estos bosques de pino y romeral.
                 Cabezos preñados y peñones agrietados,
                 ramblas y barrancos ricos en esparto.
                 Pedregosos caminos llenos de encanto.
                 Nubecillas que parecen gordas espiguillas.
                 Brisa pobre para la antigua trilla,
                 en las eras perdidas que ya no brillan,
                 junto a esas casas de ruina, abandonadas,
                 donde más que nada abunda la mejorana.
                 Triste entonces en esas moradas,
                 en sus derrumbes me quedo tendido,
                 como andan aquellos viejos pinos
                 tan secos y retorcidos.

                                             Ya hace tiempo que estoy muerto



                      Me he mordido la lengua y con las uñas acabo de arañarme la cara, sin querer. No estoy solo, aunque lo parezca. Me rodea la furia que va montada a lomos de la envidia. Estoy tendido, dormido. Despierto y sangro. Cuando abro los ojos no estoy en el mismo lugar. Los párpados caen y una punzada repentina los levanta, y se ve otro paisaje anodino. Muevo mi mano derecha, elevada por mi brazo destructor, pero esos dedos que atravesaban el pan están amputados por el tiempo, de cuya alegoría increíble sale un filo infinito de acero. Toma, recógeme, me pide la intransigencia de mis músculos. ¿No ha visto que no tengo dedos para hacerlo, en esta mano tan diestra? Con la izquierda, ¡Perro!, añade de forma encantadora. Sorprendido por esa voz inmisericorde indago en mi desaparecida musculatura de antaño. Los huesos se articulan satisfechos antes de poner delante de mis ojos ensangrentados esa mano siniestra del olvido. Sus dedos deformes parecen cinco culebras negras, sin uñas, sin piel, sin ninguna humanidad perniciosa. ¿Qué quieres que haga con ella, no hay nada que pueda coger en este entorno desesperado? Le pregunto a la desidia que encarna la muerte. Métetela por el culo, repite cien veces. Por una sola vez lo haría. Pero presiento que es un capricho absurdo. Prefiero romper con el puño el cristal opaco que me encarcela. Si tuviera fuerzas, eso sería una obsesión que me volvería la cordura durante el breve instante de dolor. Ya hace mucho que cambié todas mis fuerzas por dolor y el dolor por cordura, ahora estoy loco y desvalido, incapaz de sentir otra cosa que la compasión de mi memoria, la cual exprimo, rebuscando alguna gota de sufrimiento. Y todo lo peor que siento es sed, una sed que no llega nunca a ser horrible, debido a que mi imaginación lo impide, al mostrarme la frescura de mil fuentes a la vez. Puedo reírme de mí mismo, ¡Qué miedo! ¡Si estoy muerto! Mejor salir de este cuerpo maldito, o al menos imaginármelo, y pensar que me elevo sobre mí mismo, y cuando miro hacia abajo me veo, rodeado por un charco de sangre negra, las piernas estiradas, los brazos abiertos, la cabeza mirándome, para decirme: ese soy yo; ¡Mírame! Hasta caer de bruces sobre ese cuerpo muerto y seguir perteneciendo a él sin vida, sin dolor, sin miedo, sin cordura. Ahora, ya vienen a recogerme. Se asoman sobre mí como si estuvieran al borde de un pozo. No los oigo porque sentiría dolor. No siento sus manos engomadas por guantes azules, ni percibo el despecho que sienten por mí, al verme tan destrozado. No tardan en llevarme hasta el interior de una caja, que cierran sin ningún miramiento, sin causarme el dolor angustioso que más deseo. Me meten en un vehículo, cuyo motor oigo lejano, y es como si me arrastraran por kilómetros de asfalto de una forma tristemente indolora. El traqueteo del viaje me duerme y los sueños no me acogen en ese lecho de pesadillas satisfactorias. Es como si me hubiera dormido, acunado por todas las clases de muertes que este vehículo ha transportado a lo largo de su larga existencia. Y qué desilusión, ninguna me causa el más mínimo dolor, ni espanto. Cuando llego a ese transitorio destino, al que me han conducido sucintamente, la envidia me corroe, allí hay tantos cuerpos afortunados sintiendo dolor, que unos instantes infrahumanos logran animarme, con una dosis de generosa maldad, al saber toda la gente que va a morir en los próximos días. Breve euforia que se ve apagada por la blancura de todos los vivos que me circundan. Más aún, cuando veo que perpetran sobre mi cuerpo profundas heridas que me hacen aborrecer estar muerto del todo. Curiosamente, han extraído mi corazón y lo ponen delante de mi cara, ¿Para qué?, si pudiera verlo con la nitidez suficiente, me recrearía en su negror y quizás me dolería; ¡Pero es que no ven que no puedo! Apenas me retemblan los dientes podridos que pueblan mis mandíbulas, cuando la sierra eléctrica corta mi cráneo. Y parece que huelo con desagrado el contenido de mi estómago, cuando me abren en canal. Pronto acaban conmigo, sin que me duela que me cosan con tan poca delicadeza. Si pudiera les pediría que me cortaran la cabeza, en un último intento de sentir ese dolor necesario para vivir un instante más. Pero este personal parece cansado, parece que todos estuvieron ayer de juerga. Ya se han despachado. Me llevan al depósito. No conocía el lugar. Oscuridad y frescor es lo que menos necesito. Preferiría pudrirme al sol. Ojalá me arrojaran a un barranco poblado por buitres, o a un río repleto de cocodrilos. Me hielo sin sentir dolor, y me duermo sin poder soñar. Cuando vuelvo a despertar, es el día de mi entierro. La temperatura ha subido demasiado y apesto. Ahí estoy  en esa caja de pino final, negra y hermética. Ya no queda nada, todo se ha acabado en mí mismo. Los llantos que se oyen ahí fuera son todos falsos y aún así nada en mi ser me duele. El último silencio, el absoluto, me duerme en un último sueño amoratado y frío en el que nunca jamás podré ya soñar nada más.
 
Cuando el sujeto aparece en sombras y el fotógrafo se refleja a si mismo, copartícipe del momento, relacionándose con el entorno y dividiendo la fotografía en dos. Esta, en concreto, se podría cortar casi por la mitad y serían dos imágenes completamente diferentes. 
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